11 de enero de 2026
Desde hace unas semanas sueño que regreso a Tarma, pero no en un viaje en bus o carro, sino astralmente; un viaje en el que mi cuerpo está durmiendo pero mi alma vuela y llega a una época donde vivía en la casa de Coco. Él está ahí, vivo. Conversamos en el cuarto que compartimos detrás de la cocina, donde su mamá preparaba "comida para los Dioses". Con Coco hacemos planes para el futuro: qué estudiaremos, si él va a vivir conmigo en Lima —como yo he vivido con él en su casa—. Luego todo desaparece y despierto con la sensación de haber estado realmente allá. Ya me ha sucedido unas cuantas veces.
12 de enero de 2026
Esta vez desperté más cansado que de costumbre, recordando aún la travesía de mi sueño y las palabras de Coco diciendo que el próximo mes es nuestro cumpleaños. Me levanto de la cama; son apenas las 4:30 a. m. Mi esposa está durmiendo y el calor del verano no me deja volver a conciliar el sueño. De pronto, me doy cuenta de que algo cae al suelo. Me agacho y lo recojo: es mi insignia del San Vicente. "Qué raro", pensé, si yo la tengo guardada entre mis cosas en la oficina. Seguro que Isa ha estado husmeando por ahí. Luego noto que la insignia es nueva.
Me quedo mirando hacia el televisor apagado en la pared y recuerdo parte del sueño: estaba con Coco en el cuarto cosiendo las insignias en la chompa ploma. Mi chompa no es la normal; yo hice que la tejieran con un bolsillo de canguro y una capucha. Así la usé toda la secundaria.
Todo el día en la oficina estuve distraído, tocando la insignia en mi bolsillo. Sentía la forma de escudo y el plástico frío, preguntándome cómo algo que no existía hace 24 horas ahora pesaba en mi mano. Llegué a casa deseando que llegara la noche. Nunca en mi vida quise dormir tanto para "despertar".
Me acosté temprano, ignorando el zumbido del ventilador. Cerré los ojos y, por primera vez, no hubo "vuelo astral". Hubo un fundido a negro y, de golpe, el frío seco de la sierra me golpeó la cara.
4 de abril de 1983
El negro se hizo claro y caí en la cuenta de que estaba en el cuarto detrás de la cocina. El ambiente olía a café y pan fresco. Me senté en la cama y sentí el peso de la chompa ploma sobre mis hombros. Tomé la prenda y ahí estaba: la capucha, el bolsillo canguro y, en el pecho, la insignia que faltaba ayer. Estaba recién cosida, con el hilo todavía colgando.
—¡Ya, "promoción"! —Coco entró al cuarto pateando la puerta suavemente, ya con el pantalón gris del uniforme puesto—. Mi vieja dice que si no tomas el desayuno ahora, te va a mandar al colegio con el estómago vacío. Oye... ¿por qué te quedas mirando la insignia como si fuera de oro? Tú mismo la cosiste anoche mientras escuchábamos Radio Tarma.
Lo miré. Coco tenía esa energía de los 16 años, impaciente por el primer día de clases después de la Semana Santa. Me di cuenta de algo aterrador y maravilloso: para él, solo habían pasado unas horas desde nuestra charla de anoche. Para mí, en Lima, había pasado un día entero de oficina, tráfico y calor.
—No es nada, Coco —le dije, levantándome y sintiendo mis rodillas ágiles, sin el dolor del 2026—. Es que... me quedó derecha, ¿no?
—Está perfecta, Tito. Apúrate, que si llegamos tarde Caballero nos va a llamar la atención en la formación.
Caminé hacia la cocina para poder ir al baño a lavarme la cara. El aroma del café pasado inundaba el pasillo. Al pasar por la puerta de la sala, me detuve. El vidrio, a modo de espejo, reflejó mi cuerpo: no era el hombre de 59 años que se miró en el espejo de Lima hace unas horas. Era el muchacho de 16, listo para caminar por las calles de Tarma, con toda la vida por delante y un amigo que, en este mundo, nunca se había ido.
De regreso, ya Coco y Raúl estaban sentados a la mesa tomando su desayuno. Me senté y la mamá de Coco me dijo: —Tito, hoy casi te quedas dormido. Tú siempre estás en pie antes que Coco. —Sí —respondí—, es que tuve una mala noche.
Recordaba el café y el pan recién salido del horno con mantequilla: una delicia al paladar que no se encuentra en el 2026. Saboreaba cada bocado, consciente de que hacía solo unas horas estaba en el calor sofocante de la capital, deseando estar exactamente donde estoy ahora.
Terminamos y bajamos las escaleras al patio de la casa. Cruzamos el zaguán y salimos hacia la calle Lima. El frío de la mañana tarmeña nos recibió de golpe, despertándome del todo.
Comenzamos a caminar hacia la Plaza de Armas. La calle se siente estrecha; no tiene los cambios que vería en el 2026. ¡Qué bien se siente dar estos pasos apurados! Por inercia, mi mano buscaba desesperada el celular en el bolsillo, pero solo encontraba el vacío. De vez en cuando, levantaba la muñeca derecha para ver la hora, pero en lugar de mi Samsung Galaxy Watch 7, lo que tenía era una pitita de colores que me tejió mi enamorada.
Apuramos el paso y llegamos a la esquina del jirón Paucartambo, frente a la oficina del Banco de Crédito del Perú. En este lugar mi papá trabajó durante muchos años, y estando frente a la oficina, me trajo recuerdos de cuando entraba a buscarlo saliendo del colegio cuando estaba en primaria, me dio una sacudida en el pecho. Ya estamos cruzando la Plaza de Armas; muchos alumnos del "Sanvi" se van sumando al trayecto, formando un río gris de uniformes.
Pasamos por el Ángela Moreno, donde mi mamá enseñó hace ocho años, y entramos a Callancha —el jirón Chanchamayo—. Cada vez estamos más cerca de la Rambla, ese lugar elevado donde se sitúa imponente nuestro colegio, el San Vicente de Paúl.
Llegamos a la avenida Bermúdez y comenzó la subida. Mientras ascendíamos hacia la Rambla, Coco me hablaba de los avisos que tenía que terminar de armar por la tarde. —Tito, mi viejo quiere que la próxima edición de La Voz salga perfecta, así que después del cole me voy directo a la imprenta —me decía con entusiasmo.
Yo lo miraba y pensaba en el peso de esas letras de metal que él acomodaba una a una, sin saber que, en ese mismo momento, yo guardaba en mi memoria del 2026 el recuerdo de toda una vida que aún no le había contado.
De pronto, ya estábamos formando en medio del gran patio del colegio. El sol de la mañana empezaba a calentar el asfalto. En la fila nos encontramos con los compañeros del 5to. A: ahí estaban Danilo y Paúl, mis cómplices de "The Cats Roof" (Los Gatos Techeros), además de Miki, Milo, Freddy y el resto de la promoción. Verlos a todos ahí, con sus uniformes impecables y sus caras de niños grandes, me hizo comprender que el tiempo, por fin, se había detenido para dejarme disfrutar.
Miré a mi alrededor. El sol de la mañana ya pegaba fuerte en el patio. Danilo, Paúl y los demás bromeaban en voz baja antes de que Caballero diera la orden de silencio. Coco estaba a mi lado, impecable, esperando que empezara la formación.
—¡Firmes! —tronó la voz del Director Caballero, y el bullicio de la promoción se extinguió de golpe.
El choque de los tacos de los zapatos contra el suelo de cemento sonó al unísono. Por un instante, el sonido me recordó al tic-tac de un reloj gigante. El tiempo se detenía y avanzaba al mismo tiempo.
—Oye, Tito —me dijo Coco, dándome un codazo amistoso—, ¿en qué mundo estás? Te quedaste mirando los cerros como si nunca los hubieras visto.
—Es que... a veces se nos olvida lo verde que es Tarma, ¿no? —respondí, tratando de disimular que venía de una Lima gris del futuro.
—Bueno, si tanto te gustan los árboles, el fin de semana vamos a la Av. Pacheco —rio Coco—. Pero ahora, muévete, que toca Literatura y no quiero que nos dejen afuera.
Entramos al salón. El olor a tiza y a madera vieja me recibió. Me senté en mi pupitre, el mismo donde grabé mis iniciales con un clavo el año pasado. Saqué mi lapicero y, mirando a Coco que ya estaba bromeando con Danilo y Paúl, me di cuenta de que este "Viaje al 83" también se lo pasaré a Raúl para que lo publique en el futuro, es mi forma de mantenerlos vivos. Porque en este 1983, todavía somos dueños del tiempo.
13 de enero de 2026
Desperté agitado, tratando de recordar con toda mi alma lo vivido el día de ayer en Tarma. Bajé a mi oficina y encontré la revista donde publiqué mi primer escrito en La Voz de Tarma. Me quedé mirando la revista amarillenta sobre mi escritorio. La fecha decía lunes 18 de abril de 2011. Toqué el papel, sintiendo su textura rugosa, y luego miré la insignia nueva del San Vicente que aún brillaba bajo la luz de la lámpara.
En 2011, escribí sobre bosques de eucaliptos y recuerdos de infancia. En ese entonces, el viaje fue solo mental. Pero ahora, después de lo que viví anoche con Coco en el patio del colegio, sé que algo ha cambiado. Ya no solo imagino los bosques; he vuelto a respirar su aire frío.
Me acuesto y cierro los ojos. No tengo miedo. Al contrario, tengo la urgencia de quien sabe que tiene una cita pendiente con su propia vida. —Hasta mañana, Lima —susurro—, o hasta ahora mismo, Tarma.
📖 Tarma 83: El Silbido del Náufrago
12 capítulos y epílogo. Próximamente disponible en formato digital e impreso.
Por Tito Arrieta — músico, compositor y escritor tarmeño.